La mujer cogió un trozo de papel de una mesa. Brunetti lo tomó a su vez de su mano extendida: reconoció el aviso de color beige para recoger una carta certificada.

– No tenía idea de lo que podía ser, y pensé que tal vez se tratara de algo importante. No quise esperar hasta mañana para averiguarlo, de modo que fui a ver si la carta estaba allí. -En respuesta a la inquisitiva mirada de Brunetti, continuó-: Cuando estoy fuera ella recoge mi correo, y me lo deja ahí fuera para cuando regreso, o yo bajo y me lo da en mano.

– ¿Y si ella no está cuando usted regresa a casa?

– Me dio las llaves, así que puedo entrar a buscarlo. -Se volvió de cara a las ventanas, más allá de las cuales Brunetti veía el ábside iluminado de la iglesia-. Así que bajé y entré. Las cartas estaban donde siempre las pone: en una mesa en la entrada. -Se quedó sin nada más que decir, pero Brunetti aguardaba-. Entonces fui y miré en la sala de estar. Realmente sin ninguna razón, pero la luz estaba encendida y ella siempre la apaga cuando sale de una habitación, por lo que pensé que quizá no me había oído. Aunque eso no tiene sentido, ¿verdad? Y la vi. Y le toqué la mano. Y vi la sangre. Y entonces subí aquí y los llamé a ustedes.

– ¿Quiere usted sentarse, signora? -preguntó Brunetti indicando una silla de madera arrimada a la pared más cercana.

Ella negó con la cabeza, pero al mismo tiempo dio un paso hacia la silla. Se sentó dejándose caer pesadamente, luego se dio por vencida, admitiendo su debilidad, y se apoyó en el respaldo.

– Es terrible. ¿Cómo podría alguien…?

Antes de que pudiera completar su pregunta, sonó el timbre. Brunetti se dirigió al interfono y oyó anunciarse a Vianello, quien dijo ir acompañado del dottor Rizzardi. Brunetti pulsó el botón para abrir la puerta de la calle y colgó el teléfono. Dirigiéndose a la mujer, dijo:



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