
– No comprendo por qué los vinos del Friul son…
Pero la atención de Brunetti fue distraída de cualquier deficiencia que el teniente estuviera a punto de revelar, por el sonido de su telefonino. Siempre que se veía obligado a participar en una reunión social que no podía evitar -como en el caso de la invitación de Patta a cenar para tratar de los candidatos al ascenso-, Brunetti tenía buen cuidado de llevarse el telefonino, y a menudo era salvado por una generosa Paola, que lo llamaba por una razón urgente inventada para que pudiera marcharse inmediatamente.
– Sì -respondió, decepcionado al comprobar que se trataba del número central de la questura.
– Buenas noches, commissario -dijo una voz que pensó que debía ser la de Ruffolo-. Acabamos de recibir una llamada de una mujer desde Santa Croce. Ha encontrado a una mujer muerta en su piso. Nos ha dicho que había sangre.
– ¿De quién es el piso? -preguntó Brunetti, no porque le importara saberlo ahora, sino porque detestaba la falta de claridad.
– Dijo que era en su propio piso. O sea… en el de la muerta. Está debajo del suyo.
– ¿En qué sitio de Santa Croce?
– Giacomo dell'Orio, señor. Vive enfrente de la parte posterior de la iglesia. Uno, siete, dos, seis.
– ¿Quién ha ido?
– Nadie, señor. Lo he llamado a usted primero.
Brunetti miró su reloj. Eran casi las once. Mucho más tarde de lo que creía. Esperaba que aquella cena hubiera terminado mucho antes.
– A ver si puede encontrar a Rizzardi y lo manda para allá. Y llame a Vianello; debería estar en casa. Envíe una embarcación a buscarlo para que lo lleve. Y que formen los dos un equipo para la escena del crimen.
– ¿Y usted, señor?
Brunetti ya había consultado el plano de la ciudad impreso en sus genes.
– Yo llegaré antes andando. Me reuniré con ellos allí. -Y luego, como si lo hubiera pensado mejor-. Si hay una patrulla por aquí cerca, llámela y dígale que también se pase por allí. Llame a la mujer y dígale que no toque nada en el piso.
