– Se fue al suyo para hacer la llamada, señor. Le dije que se quedara allí.

– Bien. ¿Cómo se llama?

– Giusti, señor.

– Si habla con la patrulla, dígale que estaré allí dentro de diez minutos.

– Sí, señor -dijo el oficial, y colgó.

El vicequestore Patta miró a Brunetti, al otro lado de la mesa, con abierta curiosidad.

– ¿Algún problema, commissario? -preguntó, en un tono que le hizo comprender a Brunetti cuánta diferencia había entre curiosidad e interés.

– Sí, señor. Han encontrado muerta a una mujer en Santa Croce.

– ¿Y lo han llamado a usted? -intervino Scarpa, poniendo en la última palabra un indicio de cortés sospecha.

– Griffoni no ha vuelto de su permiso, y yo vivo cerca -respondió Brunetti, con estudiado desánimo.

– Claro -dijo Scarpa, volviéndose a un lado para decirle algo al camarero.

Dirigiéndose a Patta, Brunetti anunció:

– Iré a echar un vistazo, vicequestore.

Adoptó la expresión del burócrata abrumado, impedido a su pesar de hacer lo que quería. Echó la silla hacia atrás y se puso en pie. Dio a Patta la oportunidad de hacer un comentario, pero el momento pasó en silencio.

Fuera del restaurante, relegó a la memoria el asunto que lo había llevado allí y sacó el telefonino. Marcó el número de su casa.

– ¿Me llamas en busca de apoyo moral? -preguntó Paola cuando hubo descolgado el aparato.

– Scarpa acaba de decirme que los norteños no saben hacer vino.

Hubo una pausa antes de que ella dijera:

– Eso es lo que dicen tus palabras, pero suena como si algo más fuera mal.

– Me han llamado. Hay una mujer muerta en Santa Croce, por donde San Giacomo.

– ¿Por qué te llamaron a ti?

– Probablemente no quisieron llamar a Patta ni a Scarpa.



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