
– ¿Y te llamaron a ti cuando estabas con ellos? Maravilloso.
– No sabían dónde estaba yo. Además, ha sido una forma de alejarme de ellos. Voy a ver qué ha pasado. En cualquier caso, está cerca de casa.
– ¿Quieres que te espere?
– No. No tengo idea de cuánto tiempo me llevará.
– Me levantaré cuando vengas. Si no, dame un empujón.
Brunetti sonrió ante la idea, pero se limitó a emitir un sonido de conformidad.
– Yo he sabido lo que es no dormir en toda la noche -dijo ella en tono de falsa indignación, porque su radar captó el matiz preciso de aquel sonido. La última vez, recordaba Brunetti, fue la noche del incendio de la Fenice, cuando el ruido del helicóptero pasando repetidamente acabó por sacarla del profundo abismo en el que se sumía todas las noches. En un tono más conciliador, añadió-: Espero que no sea algo tremendo.
Brunetti le dio las gracias, se despidió y se echó el teléfono al bolsillo. Volvió a prestar atención al lugar por el que transitaba. Las calles estaban intensamente iluminadas: más generosidad por parte de los derrochadores burócratas de Bruselas. Si hubiera querido, Brunetti podría haber leído un periódico a la luz de las farolas. La luz también brotaba de muchos escaparates: pensó en las fotos de satélite que había visto, con el brillo nocturno del planeta, tal como se veía desde arriba. Sólo lo más oscuro de África permanecía como tal.
Al final de Scaleter Ca' Bernardo, giró a la izquierda y rebasó la torre de San Boldo, para después seguir por el puente, la calle del Tintor y dejar atrás una pizzeria. Junto a ésta, una tienda de bolsos baratos seguía abierta. Tras el mostrador se sentaba una jovencita china leyendo un periódico chino. Él no tenía idea de hasta qué horas podía permanecer abierta una tienda según las leyes vigentes, pero alguna voz atávica le susurró algo sobre lo inapropiado de dedicarse a la actividad comercial a aquellas horas.
Pocas semanas antes había cenado con un mando de la policía de fronteras, el cual le contó, entre otras cosas, que su mejor estimación sobre el número de chinos que actualmente vivían en Italia se situaba entre los 500.
