000 y los cinco millones. Después de decir eso, se echó hacia atrás a fin de gozar mejor del asombro de Brunetti. Al advertirlo, añadió que «si todos los chinos en Europa llevaran uniforme, nos veríamos obligados a ver el fenómeno como la invasión que en realidad es». Y a continuación volvió de nuevo su atención a sus calamari a la parrilla.

Dos puertas más allá encontró otra tienda, también con una joven china tras la caja registradora. Más luz se derramaba sobre la calle procedente de un bar. Enfrente, cuatro o cinco jóvenes estaban de pie fumando y bebiendo. Se fijó en que tres de ellos bebían Coca-Cola. Demasiado para la vida nocturna de Venecia.

Llegó al campo, inundado también de luz. Años antes, precisamente cuando fue trasladado de Nápoles, aquel campo tenía mala fama, pues allí se podían adquirir drogas. Recordó las historias que había oído sobre agujas abandonadas que debían ser recogidas cada mañana, y tenía un vago recuerdo acerca de cierto joven que fue hallado muerto de sobredosis en uno de los bancos. Pero la instalación en el distrito de una clase acomodada lo limpió. Eso o que las drogas de diseño habían dejado obsoletas las agujas.

Dirigió la vista a los edificios a su derecha, en el lado opuesto al ábside. La forma sombría de una mujer resaltaba a la luz de una ventana del cuarto piso de una de las casas. Resistiendo el impulso de hacerle un gesto con la mano, Brunetti se encaminó al edificio. El número no era visible en ningún lugar de la fachada, pero el nombre de la mujer figuraba en el interfono.

Lo pulsó y la puerta se abrió casi inmediatamente con un chasquido, lo que sugería que ella había acudido a la puerta de su piso al ver a un hombre caminando por el campo. Brunetti era un peatón solitario a aquella hora, pues los turistas se habían evaporado y los demás estaban en casa y en la cama, de modo que el insólito paseante debía ser el policía.



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