
Subió la escalera y pasó por delante del calzado y de los periódicos. A un veneciano aquella tendencia propia de las amebas, de expandir el propio territorio más allá del confín de las paredes de un piso, le parecía tan absolutamente natural como irrelevante.
Cuando dobló para tomar el último tramo de escalera, oyó una voz de mujer por encima de él:
– ¿Es usted el policía?
– Sí, signora -respondió, echando mano de su carné y conteniendo el impulso de decirle que debería ser más precavida con quien dejaba entrar en el edificio. Cuando llegó al rellano, ella dio medio paso adelante y le tendió la mano.
– Anna Maria Giusti.
– Brunetti -se presentó, estrechándole la mano.
Mostró el carné, al que ella dirigió una mínima mirada. Brunetti calculó que estaría al comienzo de la treintena, era alta y delgaducha, con nariz aristocrática y ojos castaño oscuro. Su rostro estaba rígido a causa de la tensión o de la fatiga. Imaginó que en reposo se suavizaría hasta llegar a algo que se aproximaría a la belleza. Lo atrajo hacia ella y en dirección al piso, luego le soltó la mano y retrocedió un paso.
– Gracias por venir.
Miró alrededor y detrás de él, para comprobar que no había acudido nadie más.
– Mi ayudante y otros funcionarios están en camino, signora -aclaró Brunetti sin intentar adelantarse más y entrar en el piso-. Mientras los esperamos, ¿podría usted contarme qué ha pasado?
– No lo sé -respondió ella, juntando las manos al nivel de la cintura, en una imagen arquetípica de confusión; el tipo de gesto que las mujeres hacían en las películas de los cincuenta para manifestar su angustia-. Regresé a casa después de unas vacaciones, hará una hora, y cuando fui al piso de las signora Altavilla la encontré allí. Estaba muerta.
